22 may

Guarda tu recuerdo en un anuario escolar multimedia

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Autor: Rocío (transcripcion de MexicoTop.com)

El fin de año se acerca y las clases están terminando. Muchos de ustedes volverán a ver a sus compañeros el próximo año, pero otros están cursando el último año con amigos, ya que comienzan en las universidades o cambian de colegio. Sea cual sea la situación, no hay mejor recuerdo que realizar el Anuario escolar 2007 y contar con fotos, frases y videos que pueden ser atesorados toda la vida.

Hace ya varios años que la foto general del curso no es suficiente y que gracias a la posibilidad de acceder a nuevas tecnologías a bajos costos, los anuarios escolar y de fin de curso son mucho más populares.

Pero, ¿Que es un anuario escolar? Es una forma de guardar recuerdos de un año de colegio, donde los alumnos y sus actividades son perpetuados para poder ser recordadas durante años.

El anuario escolar es una de las formas que tiene el hombre de coleccionar recuerdos y anécdotas de una etapa de su vida, con sus alegrías y tristezas, amigos y conocidos, que formaron su crecimiento como persona.

La tecnología ha permitido que del tradicional libro de fotografías y recortes se pueda pasar a otros soportes, mucho más ricos en imágenes. Es así que el anuario escolar multimedia ya es una realidad: fotos, videos y sonidos confluyen en un soporte digital para ser guardados y vistos en cualquier momento.

Asimismo existen empresas que se dedican a realizar este tipo de trabajo. Una de ellas tiene asiento en Colombia y propone la forma y el como hacer un anuario escolar. La empresa se llama ArteMedia y desde su web www.artemedia.com.co puede verse un demo de cómo podría quedar conformado y diseñado tu anuario.

Pero también puedes crear tu propio blog y colgar tus recuerdos en la red para que puedan ser vistos por todo el mundo.

No pierdas el tiempo y asegúrate de guardar cada uno de los recuerdos que puedas antes de que termine el ciclo escolar.

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22 may

Memoria digital

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por Josué Canales

Conoces a fondo las ventajas de la foto y otros archivos digitales, como voz, texto y video? Quizá ya tienes una cámara, sin embargo, hay muchas maneras de aprovechar la tecnología y usarla para guardar tus mejores experiencias de forma novedosa. Recuerda, lo más valioso que tienes son tus recuerdos y tu información.

En cuestión de imagen, lo primero para integrar tu archivo personal es mantener organizadas tus fotos, de preferencia por fecha o por evento, de ese modo podrás encontrarlas fácilmente e identificarlas. No es recomendable que le pongas nombre a cada una de ellas, bastará con tener carpetas tituladas de acuerdo con las imágenes que contienen.

Eso sí, procura usar siempre la mejor resolución que admita tu cámara para captar hasta los más pequeños detalles. Para ello, te sugerimos contar siempre con tarjetas de memoria de suficiente capacidad para no limitarte.

Imágenes vivas
Si estás pensando en comprar un escáner para digitalizar fotos viejas, asegúrate de adquirir uno que te permita escanear desde negativos o diapositivas, de ese modo podrás rescatar fotos antiguas.

Algunos escáners cuentan ya con software para restaurar las fotos viejas, el cual te puede ayudar a eliminar los efectos del tiempo sobre las fotos como: raspaduras, decoloración o rayones.

Si lo que quieres es guardar cada instante de los eventos más importantes, necesitas hacerlo en video. La recomendación es usar siempre formatos de video digital para obtener la mejor calidad. Procura conservar la cinta original, ya que en caso de alguna contingencia en tu computadora no perderás tu grabación.

Si transfieres tu video a un DVD conectando tu cámara a un grabador independiente, usa siempre la mejor calidad de grabación, ya que aún cuando ofrece menos tiempo de video, la imagen y el audio serán mejores.

Guardar recuerdos en audio es muy sencillo también. Muchos celulares y reproductores de MP3 cuentan con la opción de grabar sonidos, así que puedes usar tu teléfono para guardar las voces de tus amigos y luego utilizarla para enriquecer tu archivo de recuerdos digitales o agregarlas al audio de algún video.

Lo más valioso
Lorena Prado, gerente de impresoras, escáners y multifuncionales de HP México, comentó sobre la relevancia de la tecnología digital para guardar los recuerdos personales.

“La importancia es poder recordar momentos irrepetibles, poder capturar imágenes fácilmente, tenerlas en un formato digital; que las imágenes se vean como los originales y así poder conservar tus memorias y compartir fácilmente fotografías. Además, es posible crear duplicados de fotos exactamente con los mismos colores, a diferencia de cuando se utiliza el revelado de rollos, pues en este caso el negativo se va transformando con el paso del tiempo, se daña o se raya.

“Otro punto en contra es que cada vez que se lleva a imprimir, el resultado es diferente porque no se emplea exactamente la misma cantidad de tinta”, comentó Prado.

Recuerdos del mundo
Yahoo! Como siempre, no se queda atrás y da ejemplo al mundo del valor y la importancia de integrar un archivo digital, al arrancar un proyecto mundial para guardar los recuerdos compartidos por millones de usuarios alrededor del mundo.

Al respecto Manuel Mazanti, director de Marketing Yahoo! México, comentó: “Decidimos detenernos para pensar un momento y reflexionar quiénes somos hoy en el mundo. La intención es crear una diapositiva de cómo es el hombre en 2006, recopilar una colección de vivencias y experiencias de todo el mundo para conformar un proyecto antropológico de la humanidad que se guardará hasta el año 2020, cuando Yahoo! cumpla 25 años”.

En www.yahoo.com.mx, en la sección Cápusla del Tiempo, durante más de un mes, hubo chance de compartir la vida cotidiana con la comunidad global, a través de fotos, video, dibujos y textos de vivencias que expresan sentimientos.

Los temas fueron presente, pasado, diversión, nostalgia, salud, belleza, fe, esperanza, enojo, tú y amor. Al cierre de la Cápsula del Tiempo se registraron más de 100 mil contribuciones en todo el mundo, y México fue el segundo país en participar activamente, después de Estados Unidos.

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22 may

Recuerdos virtuales

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La mayoría de la gente vuelve de sus vacaciones a atender los asuntos domésticos más urgentes, y deja para después revisar las fotos que materializarán para siempre los recuerdos felices de esa temporada. Pero al cabo de unos meses, ¿dónde están las imágenes? ¿Siguen en la cámara digital? ¿Se enviaron a unos parientes en un mensaje electrónico? ¿Se descargaron a la computadora? ¿O alguien decidió borrar casi todas porque le parecieron mal tomadas, repetitivas o indignas de guardarse?

Si tu familia es como la mía, los recuerdos de tus vacaciones de verano de 2005 muy bien podrían desaparecer en el vacío que existe entre el pasado real y el futuro virtual. El álbum de fotografías de mi familia termina a la mitad de 2004. Desde entonces, la adquisición de una cámara digital y un teléfono celular con cámara integrada trajo por consecuencia que nuestras fotos hayan quedado “almacenadas” en dos computadoras, dos celulares, la propia cámara, un diario de Internet y unos mensajes electrónicos enviados a amigos. A nadie se le ha ocurrido imprimir ni colocar en el álbum ninguna de las “fotos”, y lo más probable es que nadie lo haga jamás.

Los tecnófobos como yo creemos que las imágenes en pixeles nunca se volverán permanentes, y que las fotos vistas en una pantalla jamás significarán tanto como las que guardamos en un álbum, cuyas páginas hojeamos como si fueran el libro de nuestra vida. La industria del revelado esperaba que la fiebre de fotografiar provocada por la cámara digital impulsaría la impresión de imágenes, pero no ha sido así, quizá porque mucha gente empieza a adaptarse a los nuevos medios para presentar y almacenar fotos.

Otra causa posible es el hecho de que las nuevas cámaras van de la mano con los dispositivos de comunicación. Dale un teléfono con cámara a un joven y verás el futuro de la fotografía: las imágenes que tome terminarán en una computadora al otro lado del mundo o en el bolsillo trasero de algún amigo (en su teléfono celular), no en un álbum.

Más aún, hay pruebas claras de que la digitalización ha revolucionado la manera en que obtenemos imágenes de nuestra vida, la forma en que manejamos esas imágenes, cómo compartimos recuerdos con los demás y el modo mismo en que se constituyen esos recuerdos.

Un cambio fundamental de la fotografía digital es que las imágenes son prácticamente gratis. Hoy día un adicto al disparador puede tomar cientos de fotos del mismo tema, en vez de limitarse a una docena de tomas bien logradas. Los aficionados a la fotografía digital quizá lleguen a ser como los profesionales de National Geographic, que toman unas 12,600 fotos en cada viaje de trabajo, sabiendo que sólo se usarán 10.

Esta manía de congelar momentos a la buena de Dios es reforzada por la función de borrar. Toma una foto, mírala y, si no te gusta, elimínala. Las imágenes se obtienen sin esfuerzo y se desechan de igual manera.

Además el fotógrafo, por aficionado que sea, se erige en editor. Una vez que las imágenes se han transferido a una computadora, es posible manipularlas tal como el editor gráfico de una revista puede quitarle la celulitis a una estrella de cine con un aerógrafo virtual. ¿No te gusta la persona que se coló en la foto? Desaparécela. ¿Quieres que Londres esté soleado? Ponle un cielo azul con un clic del ratón. ¿Quieres tener la barba partida? Un sombreado hábil y ya está.

La fotografía, en otro tiempo fiel imagen y recuerdo invaluable de la vida, se ha convertido en algo barato, desechable y manipulado hasta el cansancio. Pero la juventud tiene su propio estilo de aprovechar la fotografía electrónica. Es un grito digital, un alarde visual, una forma de comunicación. Van a fiestas, toman fotos y las envían a quienes se perdieron la diversión al otro lado del mundo o al otro lado del salón.

Los cibernautas más entendidos hacen la crónica de sus viajes colocando fotos en sus páginas web para compartir sus experiencias con un público mundial. Si dos viajeros de mochila al hombro se ponen a considerar destinos posibles, quizá uno haga aparecer la página en la pantalla y le haga ver al otro lo desagradable que fue aquel albergue de Lisboa.

Y aunque parezca extraño tomarle fotos a un cuarto de albergue, los entusiastas digitales no están casados con la vieja idea de fotografiar sólo temas significativos y presentarlos en orden cronológico. También les interesa lo caprichoso, lo banal, lo efímero y lo feo, mientras que sus padres preferían guardar recuerdos de los cumpleaños, las graduaciones y los hitos del desarrollo de los hijos.

Ahora bien, el que las fotografías se hayan vuelto una forma de comunicación más que un registro de los acontecimientos no significa que no puedan guardarse. Hay dispositivos que almacenan hasta 25,000 fotos (¡qué pesadilla clasificarlas!), aunque lo más probable es que no estemos dispuestos a guardar tantas imágenes conseguidas sin esfuerzo.

Resulta fácil entender por qué la industria del revelado tiene dificultad para aceptar a la nueva generación de fotógrafos. Una industria cuyo lema era la preservación de invaluables recuerdos familiares se encuentra en un mundo donde casi todo es desechable. Durante más de un siglo hemos refrescado los recuerdos de nuestra infancia y nuestros orígenes dando vuelta a las páginas de un álbum. Las generaciones futuras tendrán lazos muy diferentes con su historia. Una serie de clics del ratón los llevará a un caleidoscopio de imágenes de la vida tomadas de prisa.

Las fotos digitales podrán almacenarse en tarjetas de memoria, pero es improbable que esos miles de imágenes fugaces se queden en la memoria de los seres humanos.

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22 may

ESAS COSAS DE DIÓGENES

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Por Graciela Vera

¿Y quién se atreve a ‘arrojar la primera piedra’ si hablamos de aquella lámpara de pie que lucía en casa de nuestra íntima amiga y de la que ésta, en un gesto incomprensible, pensó deshacerse. Bueno, lo cierto es que hasta que ella comentó que iba a ‘tirar’ esa dichosa lámpara, ni siquiera nos habíamos fijado en la misma… pero la palabra tirar tiene ese repelús que actúa como detonante de…. ¿será una manía?

Lo acabo de pensar y comienzo a preocuparme… ¡Bah!… ¿manía por una repisa, una mesita ratona, tres floreros y un pisapapeles?… si cuando llegué a casa con cada cosa y comprobé que no tenían ni sitio, ni utilidad, los saqué para que se los llevara el camión ese… que recorre las calles, insensible, como un traga recuerdos carente de sentimientos.

Manía se puede considerar la de la mujer que recogió durante tantos años, todo lo que sus vecinos tiraban, que los mismos vecinos tuvieron que llamar al Ayuntamiento para que le limpiara su apartamento y los municipales llamar a los bomberos para poder abrir la puerta, tan alto era el montón de basura que se había acumulado detrás de ésta; porque eso sí, hay que diferenciar lo que son recuerdos de lo que es basura.

Un libro, aunque le falten la mitad de las páginas, puede que sea parte de la primera edición de El Quijote…, al menos hasta no comprobar que no lo es debemos considerar la posibilidad… ¿y cuánto podría llegar a valer algo así?… ¡pero las cáscaras de las patatas y la lata de refresco, vacía, achatada y sucia…! eso sí reconozco que es una manía de la que, gracias a Dios, me considero libre.

Lo cierto es que tampoco entiendo mucho porqué, a la manía de juntar cosas se la conoce como ‘síndrome de Diógenes’ ¿qué culpa tuvo Diógenes de que en este siglo XXI y su antecesor, el XX, hubieran contenedores de basura donde la gente –algunos- pueden arrojar lo que consideran son desperdicios y la gente –otros- pueden retirar lo que consideran puede servirles.

Sobre este tema hay mucho para hablar porque está también quién se lleva las cáscaras de papas para prepararse una comida y eso no está bien.

¡No!, no crean que digo que no está bien que se lleve lo que encuentre para saciar su hambre… digo que no está bien que deba buscar su comida en un contendor de basuras.

¿Saben?, yo tengo la costumbre de saltar. Pero no en tierra sino entre las ramas de algún árbol y en cada salto subo un poco más. Y esta vez tanto ascendí que ya dejé atrás el tema del que estábamos hablando y el pobre Diógenes se ha quedado sin saber a colación de qué, lo mandé llamar.

Retomemos pues el asunto a la altura de las manías… El Síndrome de Diógenes es una de ellas y transforma a la persona que lo sufre en una acaparadora de cosas inútiles y lo que es más grave, de lo que lisa y llanamente conocemos como basura.

A esta altura mi interés es saber si esta alusión refiere a algún acto fuera de lo normal del filósofo, del que, salvo porque caminaba, a plena luz del día con su linterna encendida, no muchas más excentricidades puedo contactar en aquel hombre, que no hayan heredados los hombres de hoy.

Después de todo lo que buscaba Diógenes era difícil de encontrar y por lo que tengo entendido, ni con su linterna lo halló nunca: un hombre honesto, ¡como si fuera algo que aparece a la vuelta de cualquier esquina! Quizás si nos afanáramos en su misma pesquisa, todos andaríamos con una linterna en la mano pero….

… pero entonces se agotarían las pilas, porque las linternas de ahora funcionan a base de pilas… y tendríamos que tirarlas –las pilas, no las linternas- y eso sí que no está bien, salvo que lo hagamos en los lugares destinados para ello porque entre la basura normal las pilas resultan un atentado al medio ambiente ya que contaminan… pero ya salté a otra rama… esperen que bajo a la anterior y seguimos…

Retornando a lo que decía sobre eso de ‘guardar recuerdos’ generalmente en las viviendas de hoy, que carecen de buhardillas, galpones o sótanos, nuestro ‘hobby’ ¿no creen que queda mejor darle a nuestra afición este nombre que el de manía?, como decía, nuestro hobby (porque lo compartimos ¿verdad?) está limitado a cierto número de cajas y luego, cansados de que cada vez que abrimos la puerta de un mueble algo caiga sobre nuestra cabeza o de que en los cajones ya sea imposible ubicar nada…un día que llamamos ‘de limpieza general’ nuestros recuerdos quedan a disposición de cualquiera de esos seres con Síndrome de Diógenes.

¿Y acaso, en lo profundo de nuestro corazón no es eso lo que deseamos? Ya que no podemos conservarlos nosotros por más tiempo, siempre resulta preferible que lo recojan ellos a que la estilográfica que utilizamos para escribir la primera carta de amor, hace ya tanto que ni siquiera recordamos de quién estábamos enamorados; o el abrelatas que compramos en aquel inolvidable viaje que ya olvidamos a dónde lo hicimos, pero que precisamente para no olvidarlo guardamos el dichoso abrelatas cuando ya dejó de ser de utilidad para abrir latas… bueno, yo me entiendo y ustedes, que sufren de la misma aprehensión por los recuerdos también me entienden…. decía que preferimos ésto, a que esos recuerdos tan preciados queden sepultados por toneladas de basura en algún vertedero de dudosa fama.

Porque en un mundo donde todo se tira, hasta los recuerdos que quisiéramos guardar, muchas cosas llegan a los vertederos y ahora acabo de recordar un chiste. Mal chiste dirán algunos, pero que viene al caso y no estamos en situación de tirar también las ideas.

Cierta persona de muy baja estatura estaba asomado a un contenedor buscando ¿tendría el síndrome?, y tanto se asomó que cayó dentro del basurero desde donde comenzó a proferir gritos pidiendo ayuda.

Una gitana que pasaba por allí en ese momento lo vio y moviendo la cabeza dijo: “hay que ver lo que tienen estos payos, ahora tiran los muñecos con pilas y todo”

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22 may

Recordar es vivir

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Por Ricardo Gondim (transcripción de su blog)

Sería bueno que las personas recordaran, que hace pocos siglos, la felicidad no era un fin, sólo una agradable consecuencia para aquellos que adquirían sabiduría y buscaban la virtud. En aquella época, hombre y mujeres intentaban vivir con integridad, justicia, bondad, lealtad, y terminaban felices.

Sería bueno que la juventud recordara que, en el pasado, los ancianos eran más valorados que los jóvenes. La belleza estética perdía su esplendor frente a la experiencia. Si el encanto de la juventud provenía de la fuerza, el de los ancianos emanaba de sus cabellos blancos. Y, por increíble que parezca, el respeto que se tenía por la madurez sobrepasaba a la admiración por el vigor juvenil.

Sería bueno que el gobierno de los Estados Unidos recordara que en los tiempos en que George Washington fue elegido presidente, Irak ya contaba con más de cinco mil años de historia; y que los iraquíes pueden ser pobres, pero saben lidiar con los fracasos, triunfos y resistencias.

Sería bueno que los europeos recordaran que, antes de sus grandes navegaciones y colonización predatoria, no había hambre, desgracia y miseria en África, tampoco en América Latina. Los “aborígenes” podían no conocer el fantástico mundo que los exploradores traían en sus embarcaciones, pero por lo menos, tenían dignidad para comer y morir en paz.

Sería bueno que los evangélicos recordaran que la consolidación de la religión de ellos se dio en la primera mitad del siglo XX; y que son oriundos de una recientísima síntesis entre el pietismo alemán, el puritanismo inglés, el fundamentalismo norteamericano y la rápida expansión del pentecostalismo. Mucho antes de los evangélicos, ya existía el cristianismo ortodoxo griego, armenio, ruso; mucho antes de Lutero, las personas amaban a Dios en la iglesia católica romana; incluso durante el llamado oscurantismo, Cristo nunca quedó sin su iglesia.

Recordar no hace mal. Si todos recordaran que son mortales, aprovecharían mejor el tiempo; si recordaran que no son dioses, valorarían al prójimo; si recordaran que no se vive sólo de pan, buscarían lo esencial.

Soli Deo Gloria.

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22 may

La autobiografía

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Ramón Rocha Monroy (transcripción de bolpress)

Un ejercicio poco común es escribir nuestra propia autobiografía. En algunos casos tiene consecuencias serias para la historia, pues hay personajes célebres que han marcado una época con sus acciones y sin embargo no se dieron tiempo para escribir sus memorias. Tal es el caso de Víctor Paz Estenssoro, cuya autobiografía hubiera echado luces a grandes momentos de nuestra vida republicana. La misma omisión tuvieron Hernán Siles Zuazo, Juan Lechín Oquendo, Augusto Céspedes, Carlos Montenegro, Sergio Almaraz, René Zavaleta, Marcelo Quiroga Santa Cruz, en fin, tantos personajes que quizá no juzgaron trascendentes sus vidas como las juzgamos nosotros, sus ávidos lectores y admiradores.

Pero soy un convencido de que no sólo todo ser humano es biografiable, sino que toda persona es autobiografiable. Ese es el legado más importante que podemos dejar a nuestros hijos y nietos, con el cuidado debido para guardar documentos, fotografías y recuerdos que forman parte del patrimonio intangible de la nación. En este orden, todo sirve, desde entradas al teatro para alguna función memorable a la que fuimos hace cuatro o cinco décadas, hasta tarjetas de presentación, estampas de primera comunión, cartas y sobre todo fotografías.

Nadie va a conocernos como nosotros mismos, comenzando por nuestros datos más precisos, como las fechas, los títulos, los trabajos, las obras que conforman nuestra hoja de vida. Pero también las circunstancias de nuestro nacimiento, y aun más, la vida de nuestros mayores, aquellos recuerdos inolvidables que se remontan a nuestros padres, a nuestros abuelos, y a veces a nuestros bisabuelos y tatarabuelos. A esto hay que añadir el conocimiento de personajes no sólo públicos, sino interesantes, únicos, que abundan en cualquier barrio, en cualquier pueblo. ¿Quién podría decir que con ese recurso decidiremos la vocación literaria de alguno de nuestros nietos? Ya podemos imaginarlo interesado en la vida del abuelo, leyendo la autobiografía que dejamos y buscando en el baúl esas fotografías viejas, esas cartas, esas estampas, esos recuerdos que quizá alimentarán una novela o una elegía o una evocación en la prensa.

Somos poco considerados con los recuerdos que nos confía la vida. En rigor, flotamos en un mar de olvido en el cual apenas podemos rescatar fragmentos de memoria como si fueran los restos de un naufragio. ¿Cómo ser desconsiderados, entonces, con aquellos documentos que nos confía la vida para conocimiento de las futuras generaciones?

Este es otro de los propósitos de nuestro taller de literatura: el de interesar a la gente en escribir su propia autobiografía, y aprender a guardar recuerdos para que no se los lleve el viento inclemente del olvido.

No es nada difícil y, al contrario, es una actividad más grata y valiosa que sentarse interminablemente a ver tele o quemar las horas más valiosas de la vida en tertulias insulsas y otros chismes. Cuánto mejor es apelar a la memoria y plasmarla en un papel; revisar cajones de fotografías y conservarlas en álbumes aunque sean improvisados; reservar una buena caja de zapatos, una canasta con tapa o una maleta vieja para guardar recuerdos. Todo eso sirve para escribir nuestra autobiografía.

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